EL POZO DE LOS DESEOS REPRIMIDOS
POR ÁLVARO CUEVA
El martes vi una de las escenas más fuertes que se hayan transmitido en la televisión mexicana desde las reacciones al asesinato de Paco Stanley y desde el escándalo del Padre Maciel en CNI Canal 40: “Sida: derecho de réplica”, un especial de “Reporte 13” de Azteca 13 con Ricardo Rocha.
Antecedentes: en diciembre, mientras la información oficial de la fuente de espectáculos era “Mundo de fieras” y los resúmenes noticiosos de fin de año, Ricardo Rocha impactó a la opinión pública transmitiendo una investigación que cuestionaba mucha de la información que usted y yo hemos oído, desde los años 80, sobre el sida.

Quienes hemos visto ver morir a gente querida de sida sabemos que esto no es un juego, que el sida duele y que cuestionar tantos datos es delicadísimo, pero la investigación estaba fundamentada con documentos y testimonios grabados en diferentes rincones del mundo.
O sea, no era una “show” sobre ovnis y fantasmas grabado por un charlatán que se quiere hacer rico dando conferencias. Era un verdadero trabajo de investigación. El caso es que después de ver eso, miles de personas quedamos confundidas, algunas que, por diferentes razones, están desesperadas, se confundieron peor, y por supuesto que el programa despertó reacciones en las más altas esferas médicas de la nación.
Ricardo Rocha, que en su vida a enfrentado toda clase consecuencias por defender a Emilio Azcárraga Milmo, por denunciar la miseria chiapaneca y por transmitir aquel famoso video de Aguas Blancas, decidió invitar a los inconformes a “Reporte 13”, darles la oportunidad de hablar con absoluta libertad y organizar un debate entre ellos y sus fuentes.
El resultado fue “Sida: derecho de réplica” un ejercicio de valor sin precedentes.
¿Por qué? Porque varias de las máximas autoridades sobre el sida en nuestro país fueron a poner a Ricardo Rocha como lazo de marrano en su propio estudio, en su propio programa y en su propio canal.
Aquello no parecía una mesa de científicos sino un panel de “Laura en América” donde las jetas iban de los ojos llorosos de rabia al más melodramático desprecio y donde lo menos que se le dijo a Rocha es que era un “inmoral”.
Lo admirable es que don Ricardo aguantó todo lo que se le gritó, se portó como un caballero y no cortó ni una sola línea al momento de la transmisión. De veras, qué resistencia. Pero el colmo fue que a media emisión los inconformes decidieron que ya habían dicho lo que tenían que decir, que ya se iban y que no iban a debatir con nadie porque sólo ellos estaban acostumbrados a debatir “ideas”.
¡Como de la Edad Media! Hubiera visto el zafarrancho en que se convirtió aquello porque el señor Rocha ya había traído a sus fuentes desde el extranjero, tenía apartadas horas extra de producción y hasta le llamó al Subsecretario de Salud, ahí mismo, para que interviniera.
Fue espantoso porque las más altas autoridades sobre el sida en México quedaron a nivel de divas intocables a las que sólo se les puede elogiar para que se sientan a gusto. Se vieron groseras, se vieron cobardes y el sida, que era lo importante de la noche, les valió gorro.
Fue horrible, como para que esta escena se estuviera discutiendo en este instante en varios foros porque los señores, como estrellas, abandonaron la sala a sus anchas y Rocha tuvo que hacer lo que pudo con sus fuentes originales que, por supuesto, más que hablar del sida, hablaron de lo que ahí acababa de pasar.
En resumen, el sida, que era y es lo importante, una vez más terminó igual o peor que antes.
A lo mejor usted está a favor de una versión del sida, a lo mejor no. A lo mejor a usted le gusta el trabajo de Ricardo Rocha, a lo mejor no, pero el caso no es discutir estilos, creencias ni preferencias personales sino que esto no se puede quedar así y menos en la semana en que el sida ha puesto a temblar hasta al Ejército Mexicano.
Ese debate, completo, o se organiza o se organiza porque las consecuencias en la salud de millones de personas infectadas de VIH pueden ser catastróficas y porque la imagen de nuestras grandes autoridades en materia de salud, lejos de quedar en alto, dejó mucho qué desear.

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